La hora del té.


Llega esa hora del té, una que ya ancestral vicio y no costumbre será, lo es no porque en ella haya maldad, por el contrario, en ella está esa beldad que con sus finos y graciosos movimientos hacen recortar época que no volverá, pero que en esa oscura figura una hermosa fémina se ha de hallar una que modal sutil y elegante irrumpe en sala dónde él se sirve dando situación que todo mundo pone en ella atención por esa belleza que es característica y la envuelve en mística que le da esa áurea de elegancia cuando a mesa atento mayordomo le sirve a la dama en hora de té que ella disfrutará armoniosamente y recordará ese tiempo ya lejano y pasado donde ella sentimientos románticos tuvo, pero que hoy ya se olvidaron, pues tiempo ya ha sido olvidado porque manecillas del reloj en esa hora se detuvieron siglo atrás para no regresar salvo por su recuerdo que cada día que pasa será un día donde dos se conocieron y pasearon después por la Alambra y después se sentaron para mirar como palomas a comer y después uno que otro cuervo se les acercaba para anunciarles que ya noche se acercaba una en la cual ese descanso «eterno» les esperaba para que milenio contará historia qué un día se dio donde reloj marco esa hora del té a la cual estar jamás se olvidará.
-Copertone Hill, 2024®-

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